La invasión y Petro
- Redacción

- 19 ene
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Por Angelo Mauricio Victoria Russi

A los líderes narcisistas no se les neutraliza con halagos. La historia —y la cultura popular— lo han advertido con insistencia: conceder poder a quien lo ejerce sin límites solo conduce a su abuso. Como lo resumió Molotov en los años noventa, “si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger”.
En ese contexto se explica la decisión del presidente Gustavo Petro de confrontar políticamente a Donald Trump, en contraste con la estrategia adoptada por María Corina Machado, quien optó por la adulación. Los resultados, al menos en el corto plazo, parecen evidentes: Trump declinó —por ahora— una intervención militar directa en Colombia e invitó a Petro a la Casa Blanca, mientras que a Machado la desautoriza públicamente, la humilla políticamente y le exige, sin ambages, un Premio Nobel de Paz que no le pertenece.
Este giro no implica que Estados Unidos haya renunciado a influir en los asuntos internos colombianos, ya sea mediante presiones diplomáticas, injerencias electorales o estrategias menos visibles. Pero sí permitió desactivar un escenario que se percibía como inminente: la posibilidad de replicar en Colombia una operación militar similar a la ejecutada recientemente en Venezuela.
La llamada operación “Determinación Absoluta”, llevada a cabo por el ejército estadounidense el 3 de enero de 2026, constituyó —desde cualquier lectura jurídica rigurosa— una invasión a un Estado soberano y el secuestro de su jefe de Estado. Un acto que vulnera de manera abierta el derecho internacional y que no requiere, para ser condenado, una enumeración previa de los errores o abusos del gobierno de Nicolás Maduro, como intentaron justificar algunos analistas.
El episodio dejó además al descubierto una inconsistencia política interna. Sectores de la derecha y del centro colombiano celebraron inicialmente lo que presentaron como la “liberación” de Venezuela, para luego retroceder cuando comprendieron que la lógica intervencionista de Trump también podía volverse contra Colombia. En pleno año electoral, el aplauso apresurado se transformó en silencio incómodo.
Varios dirigentes que viajaron a Estados Unidos a solicitar abiertamente una intervención extranjera quedaron expuestos como subordinados políticos, sorprendidos por la conversación telefónica entre Petro y Trump que reconfiguró el tablero. La visita presencial del mandatario colombiano a Washington, prevista para el 3 de febrero, se percibe con suspicacia y no pocos la describen como una posible encerrona diplomática. Sin embargo, cualquiera que sea su desenlace, el alineamiento acrítico con intereses externos seguirá marcando el discurso de ciertos sectores.
En ese mismo escenario se perfila Iván Cepeda como uno de los blancos recurrentes de la confrontación política, una señal más de que el debate no gira únicamente en torno a política exterior, sino al modelo de soberanía, dignidad y autonomía que el país está dispuesto —o no— a defender.
La pregunta de fondo permanece abierta: ¿qué costo está dispuesta a asumir una nación para preservar su autodeterminación? La historia latinoamericana sugiere que la sumisión suele salir más cara que la confrontación, incluso cuando esta se libra desde una posición de evidente desventaja.




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