El Ártico en la mira: la peligrosa deriva neoimperial sobre Groenlandia
- Redacción

- 20 ene
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La geopolítica del siglo XXI parece deslizarse, con inquietante naturalidad, hacia los capítulos más oscuros del expansionismo territorial. En una escalada retórica que ha sacudido los cimientos de la OTAN y alterado la estabilidad europea, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reactivado con una agresividad inédita su interés por hacerse con el control de Groenlandia. Lo que en 2019 fue recibido como una excentricidad diplomática, hoy —en enero de 2026— se ha transformado en una amenaza explícita, incluso militar, que pone en cuestión el orden internacional y el principio de soberanía de los pueblos.
La Casa Blanca ha intentado justificar su postura bajo el recurrente argumento de la “seguridad nacional”. Trump sostiene que la isla constituye un vacío estratégico frente al avance de Rusia y China en el Ártico, calificando de “inaceptable” que el territorio permanezca bajo soberanía danesa. Sin embargo, detrás del discurso sobre defensa cibernética y del sistema antimisiles Golden Dome, se perfila con claridad un interés esencialmente extractivo y comercial.
El botín del deshielo
Groenlandia no es solo un enclave geoestratégico: es un reservorio de recursos naturales cuya accesibilidad aumenta aceleradamente como consecuencia del cambio climático. El deshielo está dejando al descubierto vastos yacimientos de tierras raras —indispensables para la tecnología de punta y la transición energética—, así como minerales críticos como uranio, oro y zinc. A ello se suman las nuevas rutas comerciales árticas, que prometen reducir de forma significativa los tiempos y costos del transporte global.
La disposición de Trump a obtener el territorio “por las buenas o por las malas” no constituye únicamente una afrenta a Dinamarca, aliado histórico de Washington, sino una vulneración directa del derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés. El primer ministro de la isla, Múte B. Egede, ha sido categórico: “Groenlandia no está a la venta”. No obstante, la presión estadounidense ya se ha materializado en amenazas de aranceles punitivos —del orden del 10 %— contra países europeos como Francia y Alemania, que han reforzado su presencia militar en la región.
Un riesgo sistémico para la paz global
Una eventual intervención —aunque se intente maquillar como “anexión forzada” o acuerdo estratégico— marcaría un punto de quiebre histórico para la OTAN. Resulta profundamente paradójico que el líder de la principal potencia de la Alianza Atlántica amenace con invadir el territorio de uno de sus propios socios. La lógica de la “propiedad sobre el arrendamiento” que impulsa Trump ignora deliberadamente que el sistema internacional contemporáneo se sustenta en tratados, normas y consensos multilaterales, no en la ley del más fuerte.
El mundo observa con preocupación cómo la administración estadounidense recurre a precedentes recientes de intervención para normalizar una política exterior basada en hechos consumados. Si se permite que la comunidad internacional acepte la idea de que un territorio puede ser “comprado” o “conquistado” por su riqueza mineral, se estará abriendo la puerta a una nueva era de conflictos coloniales que se creían superados.
La respuesta de la Unión Europea no puede ser tibia. No se trata únicamente de respaldar a un socio estratégico, sino de defender un principio fundamental: la soberanía no tiene precio. Groenlandia pertenece a los groenlandeses, y el Ártico debe seguir siendo un espacio de cooperación científica, ambiental y multilateral, no el escenario de una nueva fiebre del oro impulsada desde el Despacho Oval.
La historia, como siempre, será implacable con quienes, en nombre de la seguridad, decidan dinamitar la paz para saquear el último rincón del planeta.




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