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El Roto Diálogo de la Transición y la Erosión Institucional

  • Foto del escritor: Redacción
    Redacción
  • 7 jul
  • 3 min de lectura


La transición de mando, un proceso que debería ser el símbolo más elevado de la madurez democrática y la estabilidad institucional, se ha transformado en nuestro país en un campo de batalla marcado por hostilidades personales, denuncias de alto calibre y recriminaciones que rozan lo personal. El retiro de Abelardo de la Espriella del proceso de empalme con el gobierno de Gustavo Petro no es simplemente una pausa administrativa o un gesto de disconformidad; es una fractura política que refleja, con dolorosa claridad, la profunda polarización que define, lamentablemente, el final de este ciclo gubernamental.

El detonante de esta ruptura ha sido una cadena de señalamientos cruzados que ha superado los límites del decoro político. De la Espriella, al justificar su retiro, ha calificado a la actual administración como "la más corrupta de la historia", sustentando su decisión en lo que denomina irregularidades sistemáticas y una gestión que, a su juicio, busca socavar los pilares fundamentales del país. Para el abogado, continuar en un proceso de empalme bajo estas condiciones equivaldría a avalar una gestión que considera ilegítima en sus formas y destructiva en sus políticas.

Por su parte, el presidente Gustavo Petro ha respondido con una virulencia dialéctica igual o superior. El primer mandatario ha tildado al abogado de ser la cara visible de un proyecto político fundamentado en el fraude y en presuntas injerencias extranjeras, vinculándolo además con un pasado oscuro de relaciones con estructuras al margen de la ley. Esta confrontación, lejos de quedarse en el terreno de las ideas o de la evaluación técnica de los ministerios, ha saltado a un escenario donde la descalificación del otro es el arma principal.

El gobierno, a través de sus voceros, ha mantenido una postura de defensa cerrada. Se ha insistido en que no se tolerarán lo que consideran ataques infundados y que el proceso de empalme ha sido, según ellos, un ejercicio de "puertas abiertas". No obstante, la escalada verbal ha terminado por paralizar los canales de comunicación necesarios para un traspaso de mando eficiente. El presidente Petro, quien ha anunciado acciones judiciales por calumnias e injurias contra él y su círculo familiar, ha convocado incluso a una "resistencia activa", elevando la tensión a niveles que preocupan a diversos sectores de la opinión pública, quienes ven cómo el debate democrático se reduce a una guerra de egos.

Más allá de las denuncias particulares —que deben, por mandato constitucional y por respeto al Estado de Derecho, resolverse en los estrados judiciales y no en el ruido mediático o en los estrados de las redes sociales—, lo que queda en evidencia es una falta de voluntad para garantizar una transición ordenada. El empalme no es un favor que un gobierno le hace a otro; es una obligación sagrada con el ciudadano. Cuando el debate se traslada exclusivamente al plano de la agresión personal, se pierde de vista el interés general y la transparencia que el país exige.

La desconfianza mutua, nutrida desde el primer día por ambos bandos, ha impedido que la ciudadanía conozca un estado real, frío y objetivo de la administración pública. Mientras ambos sectores se enfrascan en esta narrativa de enemigos jurados, es la institucionalidad la que sufre el mayor desgaste. Un Estado no es una propiedad privada, y el proceso de entrega de cuentas debería ser un ejercicio de pedagogía republicana, no un ring de boxeo.

Es imperativo que, independientemente de las diferencias ideológicas y de los procesos judiciales en curso, impere la responsabilidad democrática. La historia no recordará quién gritó más fuerte en Twitter o quién tuvo el último comentario mordaz en una entrevista; recordará qué administración logró entregar un país funcional y en qué estado se recibieron los asuntos del Estado. La crispación actual solo beneficia a los extremos, quienes se alimentan de este clima de caos, mientras que la ciudadanía, expectante ante el futuro, observa con profunda inquietud cómo se dilapida el tiempo precioso de la transición en el altar de una confrontación estéril. Es momento de que la prudencia prevalezca sobre el orgullo.

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