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8 de marzo: La paradoja del progreso y la persistencia de la tragedia en Colombia

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    Redacción
  • hace 53 minutos
  • 2 Min. de lectura

Por Luis Antonio Ávila Barbosa Columnista Invitado

CALI, Colombia — El Día Internacional de la Mujer, en su concepción más pura, es un monumento a la lucha por la paridad y un reconocimiento a la arquitectura social que las mujeres han construido contra viento y marea. Sin embargo, en Colombia, cada 8 de marzo se siente menos como una conmemoración de victorias alcanzadas y más como un examen forense de una crisis humanitaria que se niega a ceder.

En teoría, la fecha convoca a una reflexión colectiva sobre la equidad. En la práctica, se ha convertido en un espejo que devuelve una imagen deformada: la de una nación donde el hogar, el espacio más íntimo de refugio, es con frecuencia el escenario del crimen.

La geografía del miedo

Mientras el conflicto armado sigue desplazando y victimizando a miles de mujeres en las periferias, existe un conflicto paralelo, silencioso y doméstico, que se libra en las salas y alcobas de las ciudades. El feminicidio no es un evento aislado en Colombia; es el síntoma final de una enfermedad social donde el control y el sentido de propiedad sobre el cuerpo ajeno reemplazan al afecto.

La tragedia radica en una incapacidad cultural para procesar el disenso. En una sociedad que ha normalizado la muerte como el lenguaje último de resolución de conflictos, las relaciones de pareja no han quedado inmunes. La intolerancia no es solo un fenómeno político; es una práctica cotidiana que termina, brutalmente, en el cementerio.

El techo de cristal vs. el suelo de barro

Es imperativo reconocer que Colombia ha cambiado. Las mujeres ya no solo piden permiso para entrar; ahora legislan, dirigen corporaciones transnacionales y transforman la academia. El panorama del liderazgo femenino es, hoy más que nunca, vibrante y visible.

No obstante, estos triunfos conviven con una estructura subterránea que se mantiene intacta:

  • El machismo sistémico: Aquel que sobrevive en la violencia simbólica y en el silencio impuesto.

  • La subordinación cultural: La idea persistente de que la autonomía femenina es una amenaza que debe ser contenida.

  • La brecha de seguridad: La realidad de que una mujer puede liderar una empresa de día y temer por su vida al llegar a casa de noche.

Una deuda que no admite cuotas

Una sociedad que observa con apatía las estadísticas de feminicidio o que permite que el miedo sea la constante en la vida de sus ciudadanas, carece de la integridad moral para proclamarse una democracia plena. La paz en Colombia no se firma solo en los escritorios de la capital con grupos insurgentes; se firma en el respeto irrestricto a la libertad de la mujer para decidir sobre su destino sin que ello le cueste la vida.

Hoy, la lucha por los derechos sigue siendo una carrera con obstáculos desiguales. Mientras persista la certeza de que una diferencia sentimental puede resolverse con violencia, el 8 de marzo no será una fiesta. Será, como lo es hoy, un recordatorio punzante de la inmensa deuda histórica que esta sociedad tiene con quienes sostienen su estructura más profunda.

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