Un auxilio que se volvió salario
- Redacción

- 21 ene
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La decisión del Gobierno de Gustavo Petro de eliminar la prima mensual que inflaba el salario de los congresistas no es un gesto menor. Senadores y representantes dejarán de recibir entre 12 y 16 millones de pesos mensuales que, durante años, se justificaron mediante eufemismos administrativos y silencios cuidadosamente administrados. Con esta medida, además, se deroga el decreto expedido durante el gobierno de Juan Manuel Santos que convirtió el privilegio en norma.
En un país profundamente desigual —con millones de personas sobreviviendo en la informalidad y una vejez condenada a la precariedad— tocar ese intocable tiene un valor político evidente. No corrige la inequidad estructural, pero envía una señal clara: no todo privilegio es irreversible.
Es en ese punto donde reaparece Mauricio Cárdenas, exministro de Hacienda y hoy precandidato presidencial, como una figura representativa de un modelo que se resiste a desaparecer. Su legado no es épico ni transformador. No será recordado por reducir la desigualdad, fortalecer el Estado o proteger a los más vulnerables. Si permanece en la memoria pública, será por haber perfeccionado el arte del privilegio camuflado.
Cuando necesitó que el Congreso aprobara reformas impopulares, no apeló al interés general ni a la pedagogía democrática. Apeló a la billetera. Por decreto, otorgó once millones de pesos a los congresistas que “vivían fuera de Bogotá”. No eran dietas, se aclaró con solemnidad. Eran “auxilios”.
El resultado fue una obra maestra del descaro institucional. El auxilio dejó de ser de once millones y pasó a dieciséis; dejó de ser para algunos y se volvió para todos; dejó de ser excepcional y se convirtió en mensual. Un milagro fiscal inverso: multiplicar privilegios mientras se predicaba austeridad.
Con esas dietas disfrazadas, el Senado guardó silencio. Callado. Disciplinado. Eso sí, firme para negar 230 mil pesos a los adultos mayores, para cuestionar el aumento del salario mínimo o para escandalizarse por la reducción del precio de la gasolina, como si fuera un atentado contra la patria. Generosos consigo mismos, mezquinos con el país. El equilibrio fiscal, una vez más, empezaba por el bolsillo ajeno.
Hoy, Cárdenas aspira a la Presidencia. ¿Con qué respaldo social? ¿Con qué calle? ¿Con qué votos? Nadie parece dispuesto a acompañarlo en las urnas, pero eso no parece inquietarlo demasiado. Tal vez porque su verdadera campaña no apunta a la Casa de Nariño, sino al aplauso discreto del Congreso: ese público fiel que siempre agradece a quien protege sus ingresos mientras le exige sacrificios al resto de la nación.
Cárdenas no representa el futuro. Representa la resaca de un modelo agotado: el del tecnócrata que cree que gobernar es cuadrar cuentas entre élites, que la política es una hoja de Excel y que el pueblo es apenas un ruido de fondo que se silencia con discursos en inglés y sonrisas ensayadas.
Por eso, la eliminación de la prima no es solo una medida administrativa. Es un mensaje. Un quiebre con la lógica según la cual el Congreso siempre ganaba, incluso cuando el país perdía. Y frente a la nostalgia de quienes sueñan con restaurar ese orden cómodo e injusto, solo queda una reacción posible, profundamente democrática y muy colombiana: hágame el hp favor.




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