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En el planeta de los simios

  • Foto del escritor: Redacción
    Redacción
  • 21 ene
  • 2 Min. de lectura

Por: Jairo Ramos Acevedo

Apenas han transcurrido tres semanas desde el paréntesis de las vacaciones decembrinas y uno vuelve a escribir con la misma sensación que experimentan los tripulantes de El planeta de los simios al tocar tierra: la certeza de haber llegado al futuro… y descubrir que no. Se sale de la cápsula creyendo en el derecho internacional, la transición energética y la fraternidad humana, pero lo que aparece ante los ojos es un paisaje hostil, casi primitivo, donde el aire resulta irrespirable.

La escena no desentona: uniformados montados a caballo, armas en mano; seres humanos perseguidos, silenciados, despojados de pensamiento y palabra. En la célebre película de Franklin J. Schaffner, los simios dominan al hombre. Hoy, en esta versión contemporánea, todos somos Charlton Heston, y Donald Trump encarna con inquietante precisión al doctor Zaius.

No es solo el color anaranjado del cabello lo que evoca al jerarca orangután. Es su visión del mundo: fanatismo, pulsión autoritaria y una xenofobia que se presenta como doctrina de supervivencia. En el filme, Zaius sentencia: “Ese hombre es una amenaza. Cuanto antes sea exterminado, mejor para todos”. En la realidad, Trump lo traduce sin metáfora: “Vamos a acabar con esos hijos de perra”.

En este tiempo de bestias humanoides, los animales parecen ser los únicos que conservan algún vestigio de razón. Mientras las ciudades y los ecosistemas se incendian bajo temperaturas récord, la indiferencia se impone como norma. En este “planeta de los simios”, Israel ha matado a más de cien niños tras el supuesto alto el fuego; Gaza, ya ausente de los titulares, supera los 71.000 muertos. Ucrania acumula casi 15.000 civiles asesinados desde la invasión rusa. Europa sanciona —con razón— la violencia policial en Irán, pero guarda silencio ante los abusos sistemáticos en Estados Unidos, donde solo en 2022 la policía mató a 1.183 personas.

La metáfora culmina, como en la película, con la revelación final: la destrucción de la libertad no ocurre de golpe, sino por agotamiento moral. Heston huye a caballo y descubre el horror definitivo. Nosotros, en cambio, optamos por la conducta del avestruz: hundimos la cabeza para no ver. En Colombia, aplaudimos o minimizamos el colapso institucional de Venezuela mientras una potencia extranjera maneja su destino como si se tratara de una república bananera más.

Vuelvo entonces a Bertolt Brecht y a sus palabras sobre las generaciones condenadas a vivir entre la inflación, el desempleo y la barbarie. Cambian los nombres, no las tragedias. Habitamos un tiempo de líderes lunáticos y codiciosos, de campañas políticas fratricidas, de odio partidista que nos impide entender una verdad simple: la vida es breve, y la felicidad —si existe— exige lucidez.

Tal vez a esta generación le ha tocado bailar con la más fea. Tal vez, sin darnos cuenta, ya vivimos plenamente en el planeta de los simios.

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