El odio entre extremos: La maquinaria que perpetúa la violencia en Colombia
- Redacción

- 26 abr
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Por Jairo Ramos Acevedo Analista de Opinión y Conflicto Político

CALI, Colombia — El odio político en Colombia no es un brote espontáneo de pasión ciudadana; es un sistema deliberadamente estructurado. En lo que analistas denominan una "democracia del odio", el país se encuentra atrapado en una espiral donde el oponente no es un rival ideológico, sino un enemigo existencial que debe ser destruido. Esta polarización, arraigada en una herencia de violencia congénita que data del siglo XIX, ha transformado el dolor histórico del secuestro y el desplazamiento en un activo político rentable.
Hoy, la estigmatización del adversario se consolida como la estrategia predilecta de líderes que utilizan la rabia y el miedo para ganar visibilidad, paralizando cualquier intento de debate democrático constructivo.
El retorno de los "bombazos": ¿Estrategia o coincidencia?
Los recientes hechos terroristas en Cali y Palmira, donde se utilizaron buses cargados con cilindros bomba contra batallones militares, no parecen ser ataques aislados de grupos subversivos. Para diversos observadores, estos actos forman parte de un plan sistematizado que evoca tácticas del pasado. Resulta inevitable trazar un paralelo con los eventos violentos que antecedieron la campaña presidencial de 2002, cuando el lema de "mano dura" se impuso sobre el miedo colectivo.
La coincidencia en el modus operandi levanta sospechas en el actual escenario político:
El Proyecto Júpiter: Una iniciativa orientada al adoctrinamiento de trabajadores por sectores de extrema derecha.
Calendario Electoral: La reactivación de explosivos ocurre justo cuando se busca definir la continuidad del proyecto progresista en el país.
Poder Regional: Cali y Palmira, bastiones que otorgaron seis de los trece representantes a la Cámara por el Valle, se encuentran en el ojo del huracán.
La narrativa de la perpetuación
La tesis de Ramos Acevedo sugiere que sectores tradicionales han reactivado "diversas formas de lucha" para evitar perder los privilegios y conductas de corrupción que el movimiento Pacto Histórico amenaza con finalizar. En esta narrativa, el pueblo deja de ser soberano para ser tratado como "borregos" dentro de un ciclo de manipulación mediática.
Las redes sociales han exacerbado este fenómeno. Plataformas que actúan como cajas de resonancia de la hostilidad, sumadas al uso de la inteligencia artificial para medir y segmentar el odio, han generado un bucle de agresión constante entre ciudadanos que, a menudo, disfrazan su intolerancia de "amor por la patria".
El combustible de la desigualdad
Más allá de los discursos, el odio encuentra su sustento en las fallas estructurales del Estado:
Pobreza y Desigualdad: Resentimientos acumulados por la falta de oportunidades.
Conflictos Territoriales: Disputas por la tierra, cultivos ilícitos y minería ilegal que perpetúan la violencia física.
Debilidad Institucional: Un vacío de poder que permite que la criminalización del adversario se convierta en la norma.
En años electorales, este ambiente debilita la democracia y profundiza la división social. Si la política colombiana sigue alimentándose de la deshumanización del otro, el país corre el riesgo de quedar atrapado en un pasado que se repite con nombres diferentes, pero con las mismas consecuencias sangrientas.



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