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El fracaso de los lacayos

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    Redacción
  • 18 ene
  • 2 Min. de lectura

(Por: Luis Antonio Ávila Barbosa)

Cuando en 1492 llegó la invasión española con la cruz, la espada y la barbarie, no vino a fundar civilización alguna, sino a saquear oro, tierras y vidas. Los pueblos originarios defendieron sus territorios sin conocer los conceptos modernos de “patria” o “soberanía”, pero con un sentido sagrado de pertenencia que los llevó a resistir hasta la muerte. Millones fueron inmolados y sus culturas, sistemáticamente borradas.

En 1819, Simón Bolívar condujo la gesta de la independencia, pero apenas nueve años después, en 1828, los criollos y opositores conspiraron contra el Libertador, obligándolo a huir para conservar el poder. Desde entonces, el país quedó en manos de los herederos de esa traición: élites que cambiaron principios por prebendas y soberanía por favores. En 1903 se arrodillaron de nuevo, negociando la separación de Panamá a cambio de una limosna. Nunca se quitaron las rodilleras; las heredaron de gobierno en gobierno.

Esa sumisión histórica se quebró en 2022 con la llegada de Gustavo Petro, un presidente que se atrevió a hablarle de tú a tú a los Estados Unidos y a negociar entre iguales, recordando que la soberanía no es una concesión, sino un mandato constitucional. Que la dignidad no se mendiga. Para quienes han vivido arrodillados, ese gesto resulta imperdonable.

Por eso, tras la posesión de Donald Trump en enero de 2025, se vio un desfile vergonzoso de congresistas, precandidatos y alcaldes de una oposición de mentalidad colonizada, peregrinando por Estados Unidos para pedir sanciones arancelarias contra su propio país. Y no contentos con ello, en medio de la invasión estadounidense a Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, clamaron incluso por una intervención militar en Colombia para derrocar a su presidente legítimo.

No los mueve la patria. Los mueve el odio. Odio porque perdieron el poder, porque se les están desmontando privilegios históricos y porque se destapan las ollas de la corrupción y del saqueo al erario, muchas veces amparadas en la carrera administrativa y en redes clientelistas enquistadas en el Estado. Hablan de legalidad, de moral y de amor por la patria, pero su conducta los delata: pedir sanciones, castigos o intervención extranjera no es oposición política; es traición a la patria, claramente tipificada en el artículo 455 del Código Penal.

Creyeron que el atajo imperial les devolvería el poder. No contaban con que el mismo Trump desestimara a la derecha venezolana y, con pragmatismo crudo, reinstalara al chavismo para que continuara gobernando. La realidad, una vez más, les pasó por encima.

El plan empezó a resquebrajarse cuando Trump habló telefónicamente con Petro y lo invitó a la Casa Blanca para la primera semana de febrero. Allí, el presidente colombiano tendrá la oportunidad de exponer directamente la conspiración de quienes intentaron manipular a un gobierno extranjero contra su propio país.

Estos aspirantes a encomenderos no son oposición: son intermediarios del sometimiento. No piensan la nación, la ofertan. No defienden la democracia, la subastan. Su problema no es Petro; su verdadero problema es un país que empezó a caminar erguido después de dos siglos de estar arrodillado. Y cuando un pueblo se endereza, los lacayos fracasan.


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