El director”: cuando el arte se filma bajo la sombra del poder
- Redacción

- 27 ene
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Por Jairo Ramos Acevedo

El escritor alemán Daniel Kehlmann, reconocido por su capacidad para reinterpretar los pliegues incómodos de la historia europea, acaba de publicar El director, una biografía novelada sobre el cineasta G. W. Pabst, figura clave del cine de entreguerras. La obra indaga en uno de los dilemas más persistentes del arte moderno: ¿es posible separar la creación artística de la vida moral y de las decisiones políticas de quien la produce?
La novela se concentra en los años más controvertidos de Pabst, cuando, tras un breve y frustrante paso por Hollywood, regresó a Europa y terminó filmando bajo el Tercer Reich. Kehlmann no busca absolver ni condenar, sino explorar el terreno ambiguo donde el talento, la ambición, el miedo y la mala fortuna se entrecruzan. “Los Estados Unidos de Trump no son comparables a la Alemania nazi”, ha dicho el autor en conversaciones recientes, subrayando que las analogías históricas requieren rigor y prudencia.
No resulta casual que Kehlmann haya elegido el cine como escenario. Su intención inicial era ambientar una historia en el expresionismo alemán de los años veinte, un movimiento que —como él mismo señala— “cambió la naturaleza de un arte incipiente y dejó una huella que aún hoy es reconocible”. Fue en ese proceso de investigación cuando se encontró con la figura de Pabst, un maestro respetado que, tras dirigir una película en Hollywood en 1934, regresó a Austria y acabó rodando para el régimen nazi y para Joseph Goebbels.
Pabst no era un cineasta menor. En los años treinta estaba entre los grandes directores del mundo, con títulos fundamentales como Bajo la máscara del placer (1925), que lanzó a la fama a Greta Garbo; La caja de Pandora (1929), que convirtió a Louise Brooks en un mito; La ópera de los tres centavos (1931), basada en la obra de Bertolt Brecht; o Don Quichotte (1933), rodada en Francia. Tras la llegada de los nazis al poder, huyó a Estados Unidos. “¿Quién en su sano juicio volvería a la Alemania nazi desde Estados Unidos en aquellos años?”, se preguntó Kehlmann en una entrevista en Nueva York.
La novela arranca precisamente allí, con un Pabst humillado por la industria de Hollywood, que lo obliga a dirigir Un héroe moderno (1934), una película que el propio Kehlmann califica sin rodeos como “horrenda”. Ni siquiera se le permitió montar la cinta, una afrenta para quien había sido pionero del montaje cinematográfico. El golpe al orgullo fue decisivo. Contra el consejo de colegas como Billy Wilder y Fred Zinnemann, Pabst decidió regresar a Europa.
Ese retorno marca el punto de no retorno. Según la versión “benigna” que Kehlmann elige explorar, el cineasta encadena errores y malas decisiones hasta quedar atrapado en la maquinaria del régimen nazi. Otros contemporáneos fueron menos indulgentes. El guionista Carl Zuckmayer sostenía que nadie podía regresar sin pactar previamente con el Ministerio de Propaganda, mientras que la crítica Lotte Eisner lo consideraba un colaboracionista dispuesto. Paradójicamente, Pabst gozó de mayor libertad artística bajo el nazismo que la que habría tenido en el Hollywood de la época.
Kehlmann opta por la novela y no por la biografía tradicional porque ese formato le permite explorar la ambigüedad moral sin clausurar el sentido. “Esa es la libertad del novelista: elegir la versión que prefiera”, afirma. En El director, la narración alterna las voces de la esposa de Pabst, su hijo, un burócrata nazi y hasta un trasunto del escritor P. G. Wodehouse, componiendo un retrato coral del clima opresivo del Reich, hecho de silencios, humillaciones sutiles y complicidades forzadas.
Desde el éxito de La medición del mundo (2005), Kehlmann ocupa un lugar central en la literatura europea contemporánea. Con El director, entrega una obra incómoda y necesaria, que no ofrece respuestas fáciles y obliga al lector a confrontar una pregunta siempre vigente: qué ocurre cuando el talento se ejerce en un sistema que exige, como precio, la renuncia moral.




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