Durante años, Donald Trump pareció encarnar una caricatura del poder imperial: narcisista, agresivo, impredecible, más cercano al espectáculo que a la diplomacia. Un personaje funcional a la política convertida en show. Pero cuando ese temperamento se combina con una capacidad bélica sin precedentes, el circo deja de ser una extravagancia y se transforma en una amenaza global permanente.
El 3 de enero de 2026, desde Mar-a-Lago, Trump cruzó una línea peligrosa. No fue únicame